Miro a mi mujer, a Fátima, y mis recuerdos me llevan al día en que, en nuestra cocina, le prometí que llegaría a ser el dueño de la gasolinera. En aquellos tiempos, pensaba: ¿Qué me impedía a mi convertirme en un nuevo Sr. Malic?. Ambición no me faltaba.

Amaba la gasolina, estaba convencido de que sería el mejor billete hacia mi riqueza. Nunca entendí a aquellos que en mi ciudad se empeñaban en prescindir de ella y optaban por usar la bicicleta.

Para mí, todas esas personas eran unas pobres almas que no podían aspirar a otra cosa que a transitar y sudar encima de aquellas rodantes chatarras. Incluso llegué a bloquearles, en ocasiones, la máquina del aire para que no se pararan a inflar sus malditas ruedas.

Medio congelados, observo como Fátima abraza a nuestros mellizos Said y Sheila, sin poder dejar de besarlos, ni de dar las gracias, nombrando, con una voz entrecortada, más por la emoción que por el frio, a Kamal, a su tío que es mi hermano, su cuñado, el padrino de los mellizos.

Mientras fijo mi atención en su expresión, los copos de nieve no dejan de pegarse a mi rostro, y son mis lágrimas las encargadas de derretirlos a su paso por mis mejillas.

Kamal, mi hermano, el mismo que días antes de nuestra partida no tuvo otra ocurrencia que enseñar a nuestra parejita a «montar en bicicleta», una osadía que le costó un enfado tremendo conmigo, ya que él sabía el riesgo que corríamos todos por no estar a refugio y andar aún haciendo uso de nuestras calles.

Rememoro ese agrio momento, con el sonido de los obuses de fondo, sin darme cuenta de que mis lágrimas aún no han cesado y viendo como hacia nosotros se dirige una joven rubia y corpulenta con su uniforme inmaculado. Tras ella, puedo entrever como la bandera noruega ondea con fuerza y, fijando mi mirada en esa tela suspendida por el viento, empiezo a notar como, en mi foro interno, crece un reconocimiento que tiene que ver con mi antiguo odio.

Admito, con una sonrisa medio congelada, que, aunque las odiaba, tras 16 semanas de huida y de habernos gastado, prácticamente, toda la riqueza que la gasolina nos dio en la última compra que les hicimos a esos dos mafiosos de las dos ruedas en Borisglebsky, en la parte rusa de la frontera con Noruega, y después de esos interminables 5 kilómetros de pedalada ártica hasta llegar a Storskog (a apenas 300 kilómetros del polo ártico), que estoy frente a una de las mayores paradojas de mi vida, pues yo, junto a mi querida Fátima, no puedo dejar de estar enormemente agradecido a las bicicletas.

Gracias  a esas cuatro rusas, de marca innombrable, que ya nos han requisado, amablemente, otros agentes de fronteras, para seguir apilándolas  en una gigantesca montaña de «chatarras de la esperanza», mi familia y yo, al fin, logramos alcanzar las puertas de nuestra nueva vida.

Seguimos a quien, en un perfecto inglés, se nos presenta como un superintendente de fronteras e imagino que algún día pedalearé, junto a Fátima, por primera vez, por las calles de Palmira.

In šāʾ Allāh.

Fuente de inspiración:

BBC NEWS – Los refugiados que entran a Europa por el círculo polar ártico

Revisión editorial:

Gala Aldonza – Ediciones LINEA BASE

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